La plazoleta se iba llenando cada vez más de gente. Un niño soltó la mano de su padre y empezó a esquivar a la multitud. Cuando consiguió escabullirse, corrió todo lo deprisa que pudo hacia el callejón donde habían acordado encontrarse. Entonces se paró y tomó aire, antes de preguntar al vacío:
- ¡Mico! ¡Nadimico! ¿Estás ahí? –después de agotar todas las fuerzas que le quedaban en el grito, necesitó apoyarse en el muro de ladrillo.
- ¡Aquí estoy! –desde las tinieblas surgió un muchacho de ropas rasgadas y faz oscurecida por la mugre- ¿Falta mucho?
- Anunciaron que sería a mediodía. Ni antes ni después- contestó el niño casi sin aliento- No llegaremos a tiempo ¡Vete tú!, yo estoy demasiado cansado.
- ¡Pero puede que no podamos asistir a algo así en años!- exclamó Nadimico mientras agarraba a su amigo por el brazo y empezaba a correr tirando de él- ¡No voy a dejar que te lo pierdas!
Antes de llegar a la plaza, Nadimico se desvió y tomó un atajo. Entraron justo por el lugar donde se encontraba la estatua del rey y se subieron a ella para poder contemplarlo todo mejor.
- ¡Kaesma, te lo dije! ¡Hemos llegado a tiempo! –gritó eufórico Nadimico, a lo que Kaesma respondió con un gemido- Si no comieras tanta comida de ricos no estarías tan fatigado.
La gente que acababa de llegar no encontraba lugar, y tenía que ubicarse, a base de empujones, donde mejor podía. Kaesma, que no lograba reponerse, señaló con el dedo hacia el centro de la plaza. Nadimico miró en la dirección propuesta y vio cómo un guardia subía las escaleras de la tarima, colocada para que todos los individuos presentes pudieran contemplar lo que unos minutos después iba a acontecerse.
El pueblo empezó a alborotarse, y el hombre levantó la mano extendida, esperando a que llegara el silencio. Iba a hablar.