Los pies de Nadimico colgaban libres sobre el agua del mar. Junto a Kaesma, se había sentado al final del muelle mientras se repartían a partes iguales una hogaza de pan.
- Debe de ser horrible morir así…y delante de tanta gente –Kaesma no quería que Nadimico descubriera que no era solo la voz lo que le temblaba, por lo que se metió rápidamente un gran trozo de pan en la boca.
Nadimico se tumbó apoyando la cabeza en sus brazos. Sabía que a su amigo no era valentía precisamente lo que le sobraba, y tampoco era el mayor ídolo que tuviera la violencia; pero él idolatraba tanto a los piratas que sus ojos no podían reflejar otra cosa más que admiración, aun viendo su final.
- Prefieren morir con la cabeza bien alta a estar enjaulados como pájaros.
Kaesma nunca había entendido ese sentimiento hacia los ilegales, pero había terminado por aceptarlo. Tardó unos minutos en dejar los carrillos completamente vacíos, y hasta que no lo hizo no se dispuso a hablar, tal y como se lo exigían sus modales.
- ¿Crees que ellos buscan la muerte? –fue a coger otro trozo de pan, pero descubrió, apenado, que se había acabado su parte.
- La muerte no; sólo la libertad. –Nadimico sonrió al ver la cara de angustia de Kaesma, y le ofreció lo que le quedaba.
- No, cómetelo tú que te hace más falta- contestó avergonzado, pero viendo que Nadimico insistía, terminó aceptando- Vaya, gracias.
- De nada. Tampoco tenía más hambre. –dijo indiferente. Kaesma apenas tardó un minuto en tragar el alimento, y con el estómago por fin contento, se preparó para continuar la conversación.
- Entonces, si buscan la libertad, ¿por qué van en contra de la ley? –Nadimico se movió, molesto. Por suerte era una pregunta que había contestado millones de veces sin vacilar ni una sola.
- Porque la ley oprime la libertad. La enjaula como a un pájaro. –sí, a Nadimico le gustaba asimilar la palabra pájaro con libertad, y para él la imagen del pirata era la libertad en estado puro.
Kaesma tragó saliva. Seguía sin entender lo que quería decir Nadimico. A él le habían enseñado que los piratas no respetaban la libertad de nadie; se limitaban a ir en contra de las leyes, a matar y robar a los indefensos, a los ricos y, sobretodo, al Estado.
No le gustaba hablar de este tema, y por eso solo lo habían hecho en contadas ocasiones. Sabía que algo de lo que dijera podía molestar enormemente a Nadimico, ya que sus opiniones eran totalmente contradictorias.
Pero su ángel de la guarda debió escuchar su oración, porque antes de que hubiera podido decir nada, su padre lo llamó a lo lejos. Kaesma se levantó tan rápido como si le hubieran dado un calambre, y con la mano intentó quitar todo el polvo posible del pantalón, así como las migas que habían quedado en la camisa. Nadimico ni siquiera se molestó en levantarse.
- Luego no creo que pueda venir a verte. Tenemos visita y mi padre me tendrá junto a él toda la tarde para asegurarse de que sonrío. –murmuró Kaesma mientras formaba en su cara la sonrisa más grande y forzada que nadie haya visto jamás. Nadimico no pudo evitar reírse.
- No te preocupes Esmita, creo que me las podré arreglar sin tu sonrisa hasta mañana. Y nada de chocolate que ya sabes como acaba siempre la camisa. –Kaesma resopló y después de despedirse con la mano, se alejó en dirección a su padre, que le esperaba ya refunfuñando; no era de los que les gusta esperar.
Nadimico suspiró, sin alterar su postura. Hacía un año estaba acostumbrado a estar solo y sin aparentemente nada que hacer, pero hacía apenas unos meses había conocido a Kaesma. Desde el primer momento habían congeniado muy bien y se habían hecho grandes amigos.
La gente del pueblo nunca había visto con buenos ojos la relación entre el hijo de una conocida familia acomodada y un pobre huérfano callejero; aunque bien sabían que no tenían poder para meterse en el asunto, y por eso, llenos de merecida frustración tenían que limitarse a murmurar por lo bajo, mientras los muchachos se divertían jugando toda la tarde hasta que se ponía el sol y Kaesma tenía que volver a casa.
Suspiró de nuevo mientras se ponía en pie. Su cuerpo necesitó unos minutos para desperezarse y después, empezó a andar hacia ninguna dirección. Era la primera tarde libre en mucho tiempo y estaba confuso en cuanto a qué haría. Al final llegó a la decisión de seguir andando, hacia donde le llevaran los pies; puede que durante el camino encontrara algo que hacer.
Llevaba la cabeza bien alta cuando paseaba por el pueblo. Era muchas veces el centro de atención de todos, aunque teniendo en cuenta su imagen y fama no era de extrañar; lo que le molestaba realmente era la poca educación, respeto y discreción con las que lo miraban. Por suerte había aprendido a ignorar tanto las miradas como los murmullos, y ya no le importaba ir por el centro de la calle y no como antes que se tenía que esconder en las sombras de las esquinas como una rata.
Cuando ya empezaba a aburrirse sus piernas lo condujeron, queriendo o no, hasta la zona de limosna del viejo Anders. Nadimico cuando era más pequeño, solía quedarse junto a él, pues Anders lo cuidaba como si fuera su nieto, pero en cuanto vio que Nadimico era un niño muy avispado y obtenía un mayor número de limosnas que él, Anders se enfadó y lo echó de allí, diciendo que no era el único que tenía que comer. Nadimico desde entonces apenas pasaba por allí, e incluso muchas veces intentaba evitarlo, aunque nunca le había reprochado nada, porque aunque desconocía el motivo por el que Anders hizo aquello, sabía que tanto el respeto como el cariño que seguían teniendo los dos eran mutuos.
Nadimico lo buscó con la mirada. Y allí estaba. Como siempre. Esta vez, había intentado la táctica de colocarse junto a la fuente de agua que había en la plaza, pues de esa forma todo el que se acercara a beber o simplemente por curiosidad debería aguantar el lamento de Anders y probablemente seguido, su sermón por no haberle dado limosna. Por lo visto no le había ido muy bien y su mano sólo sostenía dos pequeñas monedas de plata.
Había visto de reojo a Nadimico, pero estaba tan decaído que se negó a alzar la cabeza. Aun así, Nadimico se acercó algo tímido y se sentó a unos pasos de él, a la espera de alguna muestra de aceptación. Tras unos minutos de silencio por parte de ambos, Anders suspiró y miró al pequeño a los ojos. Nadimico no supo descifrar la mirada hasta que el anciano decidió sonreírle.
Los minutos pasaban sin que ninguno de los dos dijera palabra; simplemente se miraban el uno al otro, con una sonrisa más o menos grande en cada momento. Nadimico aunque se sentía molesto, no sabía qué decir, por lo que se limitaba a esperar. Anders por su parte, decidió iniciar una conversación cuando regresó del viaje por el recuerdo.
- ¿Sigues queriendo llegar a ser un pirata, muchacho? – Nadimico no se esperaba esa pregunta, y mucho menos ese comienzo, pero no le sorprendió.
- Siempre
- ¿Y de dónde vas a sacar un barco? – Nadimico había pensado en ello, aunque nunca llegaba a ninguna conclusión. Esta pregunta sí que le pilló por sorpresa, pero cuando Anders notó que a Nadimico le iban a salir chispas buscando una respuesta, soltó un par de carcajadas para mostrarle al pequeño que la pregunta no buscaba contestación alguna. - ¿Fuiste a lo de esta mañana?
- ¡Por supuesto! Mi amigo Kaesma me acompañó – nombrar a su compañero le hizo darse cuenta de que estaba nervioso, y le salió todo tan deprisa y tan poco vocalizado que dudó si repetirlo más tranquilamente.
- Deberían prohibir ver esas cosas a los niños pequeños. ¡Luego quieren que seamos pacíficos! – murmuró Anders más para sí mismo que para su interlocutor.
- ¿Necesitas que te ayude con la limosna? – dijo Nadimico tras un par de minutos meditando la pregunta. Ésta vez fue Anders el sorprendido.
- No necesito ayuda – dijo refunfuñando mientras escondía rápidamente sus escasas ganancias – Pero gracias de todas formas.
Nadimico había empezado a alejarse antes de haber podido escuchar su contestación, así que Anders, con la palabra aún en la boca tuvo que atender a las maniobras de Nadimico para conseguir un par de monedas. Estaba demasiado alejado como para poder escuchar lo que les decía a las mujeres que pasaban; sólo podía ver cómo ellas sonreían compasivas y le daban una limosna con gesto maternal. Cuando Nadimico consideró que lo que tenía era suficiente, se metió en una pequeña tienda que había en la esquina, y salió con un poco de queso y pan en la mano. Se acercó a Anders y se lo ofreció con una sonrisa pícara en el rostro.
- No tengo hambre – dijo Anders enfadado mientras le daba la espalda. Al cabo de unos minutos, al no hallar contestación, se volvió, pero Nadimico ya no estaba allí. - ¿Muchacho?
Nadimico estaba ya a una distancia considerable, pero pudo oír al viejo gritar malhumorado cuando descubrió el pan y el queso metidos en su bolsillo. ¿Se le habría olvidado decirle que había cogido destreza como carterista? El niño sonrió y siguió caminando. El sol estaba a punto de desaparecer por el horizonte y él pronto tendría que buscar un sitio donde dormir. Pero antes, cenaría algo. No lo había gastado todo en el pan y el queso; aún le quedaban unas monedas.
Al cabo de un rato, cuando no podía aguantar más los rugidos de su estómago, entró en la primera taberna que encontró. Estaba oscura y había poca gente de desagradable aspecto, pero era el único sitio de la zona en el que le podían dar algo de comer. Se acercó a la barra y sacó sus monedas, mostrándoselas al tabernero de aspecto forzudo.
- ¿Tan joven y ya bebiendo? – le preguntó entre risas.
- Sólo quiero algo de comer – dijo Nadimico muy serio, lo que incrementó las carcajadas.
De repente, apareció una mujer atravesando la puerta que conducía a la cocina, y fulminó con la mirada a su marido, mientras él reducía radicalmente sus risas a cero y se erguía. La mujer miró entonces a Nadimico con cara amistosa y llena de disculpa.
- Lo siento mucho. Aquí la barriga andante sólo interacciona con borrachos y no sabe cómo tratar a una criatura cuerda. Yo te atenderé. ¿Qué quieres pequeño? – Nadimico estaba tan confuso por el cambio de trato que apenas se molestó con el adjetivo que había utilizado para nombrarlo.
- Eh, yo quería…bueno, si podíais darme algo de comer por favor – tragó saliva.
- ¡Por supuesto! No dejaré que una preciosidad como tú se vaya a morir de hambre. Ven conmigo. – hizo gesto para que le siguiera, y Nadimico entró a la cocina tras ella, después de echar un último vistazo al hombre que se había quedado totalmente quieto; sacudió la cabeza y volvió al trabajo en cuanto vio entrar a su próximo cliente.
La cocina estaba impoluta aunque bastante desordenada. No había demasiado espacio donde guardar todos los utensilios y los que no cabían en las estanterías, armarios y cajones, se disponían en torres en una de las esquinas, junto al fregadero.
Nadimico se había quedado mirando las baldosas, intentando distinguir qué era lo que intentaban representar, pero llegó a la conclusión de que serían dibujos abstractos. Cuando alzó la cabeza la mujer le dejó un cuenco de cerámica con caldo y un trozo de pollo en la mesa.
- Come hijo. – le invitó con una sonrisa mientras Nadimico se acercaba y se sentaba en una banqueta.- ¿Puedo preguntar cuál es tu nombre?
- Nadimico, señora. Me llamo Nadimico. – dijo mientras cogía el muslo y le pegaba un mordisco, con ganas. Sonrió lleno de agradecimiento- Está delicioso.
- Me alegro de que te guste, Nadimico. Y, por favor, no me llames señora. No soy tan mayor – sonrió algo tímida- Mi nombre es Yasmina.
- Disculpa. – Nadimico lo acompañó con un movimiento de cabeza que indicaba su arrepentimiento.
- Eres un chico muy educado. No te preocupes. Supongo que el matrimonio me ha hecho más vieja de lo que soy. – suspiró Yasmina. – Oh, ¿ya te lo acabaste? ¿Quieres un poco más?
- No gracias. Estaba muy rico, pero si como mucho me pondré malo – se apresuró a aclarar.
- Entiendo. Supongo que te tendrás que ir a casa. – dijo la mujer. Nadimico no supo si la lástima que parecía sentir, era fingida.
- Sí, ya es tarde y debo dormir.- sacó las monedas, pero antes de que pudiera hacer nada con ellas Yasmina se las metió de nuevo en el bolsillo.
- No hace falta que me pagues por algo que probablemente se hubiera tirado a la basura.
Nadimico nunca agradecería lo suficiente aquella cena. Era la primera vez que comía algo servido directamente del fuego. Estaba mucho mejor que cualquier guarrería que hubiera podido conseguir del suelo de la calle, o de los mismos desechos. Y además, le había salido gratis.
- Puedes volver cuando quieras.
Yasmina había acompañado a Nadimico hasta la puerta y se despedían ya en el exterior, fuera del alcance de las miradas de desaprobación de su marido, que les habían vigilado mientras subían las escaleras.
Se abrazaron amistosamente a modo de despedida, y a los pocos minutos Nadimico ya estaba durmiendo bajo el puente que unía las dos zonas del pueblo costero conocido como Missi.